Hoy ya dejo Mumbai. Mi tren sale a las 11:30pm desde la estación de
Bandra. Recojo las cosas en el hotel y bajo a recepción para que me devuelvan
el dinero que pagué por la primera noche (pues Anand ha hablado con ellos y han
reconocido el fallo). En el hotel me guardan la mochila hasta el atardecer.
Cojo un taxi con destino a la mezquita Haji Ali Dargah. Me deja justo
enfrente pero en ese momento se encuentra cerrada. Muy cerca de allí visito el
templo de Mahalaxmi. Para visitar el templo tienes que adentrarte en una calle
estrecha llena de puestecillos para poder comprar ofrendas. Una vez delante del
templo te debes descalzar, pasar una inspección de bolsos/maletas y dejar la
cámara (aunque no el móvil). Está terminantemente prohibido hacer fotografías
en el interior del recinto. No es demasiado grande y al final hay un lugar
rodeado de mar con vistas al Skyline de Mumbai.
Luego decido caminar y perderme por las calles. Hay mucho contraste:
delante de un centro comercial moderno y nuevo puedes encontrar los más
decrépitos y mugrientes lugares. Después de caminar un buen rato y perdida en
medio de la inmensa ciudad decido coger un taxi. Esperándolo se me acerca una
adolescente que de nuevo me pregunta de dónde soy e iniciamos conversación.
Para un taxi y subimos en él. Habla precipitadamente y me recomienda los
lugares que tengo que visitar antes de partir. Al final le dice al conductor
(que no habla inglés) que me lleve a unos cuantos puestos. Ella se despide de
nosotros cerca de Victoria Station y yo sigo en el taxi. Empezamos mal porque el
conductor me lleva otra vez a la Puerta de India que está en el lado opuesto de
donde quiero ir (la mezquita que no conseguí visitar por la mañana) y que
además ya visité.
Por fin logro visitar la mezquita. La visita vale la pena porque desde
allí hay unas vistas espectaculares del Skyline de la ciudad. Una larga
pasarela se adentra en el mar Arábigo y da acceso a la mezquita. Cuando sube la
marea la mezquita se convierte en una isla. Hay muchísimos mendigos que se
alinean a lo largo de la pasarela. Me llama la atención que algunos también
tienen una báscula y te animan a pesarte a cambio de unas cuantas rupias.
Después me dirijo en taxi hasta Marine Drive: algo así como un paseo
marítimo donde bastantes indios contemplan el atardecer. Tenía la intención de
ver el Mercado de Crawford antes de partir pero el encuentro con un grupo de
españoles hace cambiar mis planes. Como resulta difícil en Mumbai en esta época
de monzones encontrarse con turistas, cada vez que nos cruzamos unos pocos nos
quedamos mirando, pues resulta curioso. Conozco un grupo de cuatro españoles:
tres chicos y una chica y comenzamos a charlar. Se han conocido en India,
mediante una web de viajeros. Cada uno de ellos pasará en India más o menos
tiempo, pero con un mínimo de casi un mes. Además, da la casualidad que estamos
en el mismo hotel! Nos acercamos hasta Colaba donde nos tomamos una cerveza
india. Yo me despido de ellos para irme ya hacia el hotel y recoger mis cosas.
Cada día es una lucha constante por utilizar los malditos taxímetros.
Como saben que eres turista quieren pactar precio. Pactar precio?? Cuando
pactas un precio tienes que tener una referencia y si eres turista y además
acabas de llegar NO la tienes. Entonces, ¿en base a qué tomo la referencia?
Pues en base a nada. Si pactas precio, ellos ganan. Sé que soy turista y
estamos hablando de cantidades pequeñas, pero lo que me irrita es la permanente
sensación de que quieren tomarte el pelo. Por lo menos en Mumbai todos llevan
taxímetro: tanto los taxis como los rickshaws. Si uno se niega a utilizarlo
sabes que otro estará dispuesto (y este se llevará propina por ser más honesto
que los demás!). Pero no en toda India ocurre así.
El recorrido hasta la estación se hace largo porque hay mucho tráfico.
Para ellos los semáforos son inexistentes: de hecho, no sé exactamente para qué
los tienen. Adelantan por y donde quieren. No importa que para tal fin tengan
que invadir el carril contrario y este esté repleto de vehículos. Aunque me
llama la atención que los coches no tienen muchas abolladuras. En fin, supongo
que estarán acostumbrados. En más de una ocasión cierro los ojos pensando: “Dios!
Esta vez sí! (chocará)” pero, por suerte, nunca ocurre. Demasiado a menudo
acortan muchísimo las distancias entre vehículos.
Llego por fin a la estación hora y media antes. Mejor: así tengo tiempo
de ir a cenar y comprar comida para el largo viaje que me espera. Media hora
antes de partir el tren ya se encuentra en la estación y eso hace que la salida
sea puntual (cosa no demasiado habitual). En los trenes hay primera, segunda y
tercera clase. Me recomendaron coger segunda. Hay un muy estrecho pasillo con asientos “convertibles” en camas a cada
lado. En el lado izquierdo son literas de tres personas; en el lado derecho son
sólo dos. También me recomendaron reservar la litera más elevada, pues no es
tan ruidosa y tienes más “intimidad”. En Tailandia recuerdo haber dormido en un
“sleeping train” bastante mejor que los que hay actualmente en India. Allí
pasaba un empleado, preparaba las literas y facilitaba la ropa de cama (sábanas
y almohada). En India no hay nada de todo esto… cada uno se prepara la cama y
nadie te proporciona absolutamente nada. Dejo la mochila grande debajo de un
asiento y la pequeña la hago servir de almohada. Me avisaron de que se cometen
muchos robos en los trenes nocturnos y “los ladrones” saben que la mochila
pequeña es la que contiene las cosas de valor (cámara, dinero, móvil,
ordenador…) así que ésta ha de sujetarse bien.
Si has de
ir al baño… La letrina es mixta (tanto para hombres como para mujeres). Aireada, eso sí, porque no es
más que un hoyo en el suelo, de modo que las heces y orines van a parar directamente a
la vía (que, además, se puede ver). Por lo menos el “aire condicionado natural”
hace que el hedor no sea tan fuerte. Pero el fuerte olor se adentra en el
interior del vagón cada vez que el tren para.
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