Al
día siguiente me levanto temprano para coger un autobús con destino a Pushkar
(3 horas). Intento comprar el billete en las taquillas de la estación y me
desespero al ver que esta gente no saben lo que es “hacer cola”. A medida que
va llegando la gente (todos género masculino) se apelotonan sin orden alguno
para comprar el billete. Esta es otra de las cosas que se me hacen raras aquí.
Cuando tienes ciertos hábitos aprendidos, tan sencillos como “hacer cola” o
tirar los papeles en la basura… es curioso porque resulta complicado deshacerse
de ellos (cuando parecería más complicado adquirirlos). Pues nada, aquí cuanto
más bruto, mejor. Y para papeleras están las calles enteras, en cualquier
lugar. Nadie se preocupa por no ensuciar los espacios comunes: el espacio es de
todos… pues todos a ensuciar. Eso hace que luego centenares de animales
(algunos carroñeros) se alimenten de la basura humana (deben tener ellos asignada
la tarea de “limpieza”).
Por
fin consigo mi billete de autobús y comienza el recorrido. Son las 7:15 am
aproximadamente. Llego a Pushkar 3 horas más tarde y el autobús me deja en una
carretera bastante transitada pero no veo nada que me haga pensar que se trata
de la estación de autobuses o algo por el estilo. Esta vez decido probar suerte
en un hotel no recomendado, a ver qué tal… Y el primero que veo me parece bueno
y consigo regatear algo el precio. De hecho, están ampliando el negocio y parte
del edificio está en obras. Pero la habitación y baño están bien. Otra de las
recomendaciones que me hicieron es que siempre hay que pedir que te enseñen la
habitación antes de aceptar quedarte en un hotel/pensión y llevar un buen
candado para cerrar la puesta (aunque ellos te faciliten unos). Pero aunque
aparentemente todo parezca que esté bien… siempre hay sorpresas. De modo que
acepto y al quedarme sola en la habitación me doy cuenta que no hay agua…
Empezamos bien. Le digo al dueño y me dice que en 5 minutos lo solucionan. Pasan
los 5 minutos, pasan 10, pasan 20… y nada. En fin, decido largarme mosqueada y
con la esperanza que al regresar hayan solucionado lo del agua. Al salir el
propietario me ve y me pide el pasaporte para proceder al registro de la
habitación. El tipo vive allí con su familia y, por lo que parece, acaba de
salir de la ducha porque está chorreando y sólo lleva una toalla. Me dice que
se va a quedar con mi pasaporte y, cuando regrese, me lo devolverá. Como llevo
el mosqueo del agua le respondo que no salgo sin mi pasaporte así que el tipo
se espabila a hacer la fotocopia y registro dejando la ducha a medias.
Pushkar
es una ciudad sagrada. Pequeña y tranquila. Al llegar al centro intenté acceder
al lago por varias puertas que dan acceso pero me encontré con la desagradable
sorpresa de que en todas había unos tipos que pretendían “ofrecerme” flores
para tirar al lago. Los tipos eran insistentes y se molestaban al decirles que
no. De hecho, había leído una advertencia en mi guía que decía que una vez
aceptas las flores luego pretenden cobrarte una desorbitada cantidad. No me
gustaba nada el modo en que respondían ante mi negativa. Es un pueblo pequeño, muy
turístico y también repleto de templos. Doy una vuelta completa alrededor del
lago. Hay múltiples avisos de que no se pude hacer fotografías en los múltiples
baños públicos (donde hombres y mujeres se bañan en el lago) y hay que
descalzarse a una distancia de 40 metros del lago. Tampoco se pueden llevar
bebidas alcohólicas ni drogas al lago y hay que respetar a los autóctonos y sus
costumbres.
Encuentro
por el camino el centro de recepción de turistas y les pido un mapa. Parece
también un centro de reunión y tertulia en el que se encuentran un grupo de
unos 12 hombres conversando tranquilamente. Les pregunto sobre los tipos que
“ofrecen” flores alrededor del lago y me dicen que ni caso y me entregan un
documento con varias advertencias para los turistas (acerca de estafas) y con un
número de teléfono de asistencia para turistas.
Por
suerte, llego al hotel y el agua funciona.
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